martes, 31 de julio de 2012

El Ángel del Alcázar

ANTONIO RIVERA
(1916-1936)




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En enero del 36 Antonio termina su carrera de abogado. Después de las elecciones del 16 de febrero las cosas van de mal en peor. En marzo hace Ejercicios Espirituales en Madrid con el padre Caballero, que luego ejercerá su sacerdocio heroicamente de capellán en el frente de combate. En estas Ejercicios, Rivera ve que ya no es tiempo de planes terrenos, sino de dar la vida por Dios. Y escribe: “Por mí nada puedo. Pero en Dios lo puedo todo”. “Las ciudades de la Pentápolis no se salvaron, porque faltaba un justo. La salvación de España puede depender de mi santificación”. Por eso, cuando el 21 de julio le llega el gran dilema, Antonio se encierra en el Alcázar voluntariamente, porque cree que debe inmolar su vida para satisfacer a la justicia divina. El concebía a España como una misión de apostolado, y ofreció su vida creyendo participar en esta misión. Pío XII confirmó años después que los combatientes católicos españoles defendieron los valores eternos de la religión “con espíritu de cruzados”.

En el Alcázar se propuso ser un soldado más de España, y además ejercer su apostolado entre aquellos hombres y mujeres en tan especial situación. Y lo hizo de manera magistral, animando a todos, elevando su espíritu, fomentando la oración en común, aclarando dudas e infundiendo un optimismo que tenía algo de sobrenatural. Allí practicó y repitió mil veces su consigna: “Tirad, pero tirad sin odio”. Obedeció siempre las órdenes del mando y se ofreció voluntario a misiones durísimas. En una de éstas, la recuperación de una ametralladora en riesgo de caer en manos enemigas, Antonio fue herido en un brazo y vio cómo el cadete que le acompañaba en la misión caía con un pie destrozado. Antonio se revistió de valor, y dándose cuenta de que Dios esperaba de él en aquel momento un esfuerzo sobrehumano, apretó contra el cuerpo el brazo a punto de desprendérsele, y gritando vivas a Cristo Rey y a España se fue por su propio pie a la enfermería, dejando a los que le contemplaban, atónitos de admiración. Hubo que amputarle el brazo izquierdo en las condiciones que se pueden imaginar, en unos sótanos malolientes, a la luz de un candil de sebo de caballo, sin apenas anestésicos... Antonio resistió dando pruebas de un temple verdaderamente toledano.

El postoperatorio fue terrible. Antonio iba perdiendo fuerzas y llegó a creer no llegaría a ver la liberación de la fortaleza. Pero el Señor permitió que viera cómo las tropas nacionales liberaban el Alcázar la noche 27 de septiembre, y a la mañana siguiente a su familia, que lo buscaba con angustia. Antonio procura levantar el ánimo de aquellos seres queridos que apenas si reconocen su rostro entre tanta barba y pelo mal cuidado... Antonio puede confesar y comulgar. Llora. Pero no del dolor, “sino porque hoy he comulgado y os he vuelto a ver”. En camilla, penosamente, entre escombros y cadáveres insepultos, Antonio es conducido a su casa y reposa entre sábanas limpias. Su corazón encuentra motivos para alabar a Dios por las delicadezas que tiene para con él. Comenta a un periodista: “Para que vea usted cómo haciendo Ejercicios Espirituales se aprende a defender a España”. Todavía pide a Dios que le deje sufrir más antes de morir. Y comulga cada día con gran fervor. Parece que hay indicios de mejoría. La cicatrización va bien, pero aparece una septicemia y hay que operar dos abscesos. Especialmente las tres últimas semanas de noviembre son terribles. Los dolores arrecian, la fatiga aumenta, se ahoga, siguen las intervenciones quirúrgicas...

En la madrugada del 20 su padre lo encuentra muy mal y se va llorando a comunicarlo a su esposa. Su padre, con entereza, le informa del peligro de que falle el corazón y no reaccione. El sacerdote entra para hacerle la recomendación del alma y Antonio le dice: “Estoy muy contento porque me voy al cielo”. Y a sus padres: “¡Cuánto os quiero!” Y entre ternuras y delicadezas para disimular sus sufrimientos, manda encender todas las luces y musita: “¡Me voy al cielo, al cielo, pero vosotros estad tranquilos!” Ponen en sus labios una talla del Niño Jesús del Remedio a la que los rojos han amputado un brazo y Antonio le dice, tiernamente: “Eres manquito, como yo” y le besa en el muñón. Besa también un crucifijo que le acercan y una estampa de la Virgen que ha reclamado, con amor infinito. Y con un hilo de voz exhala aquel grito que tantísimos han gritado en España: “¡Viva Cristo Rey!” y expira. Eran las siete menos veinte de la tarde de aquel 20 de noviembre de 1936.
José Vernet Mateu

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