viernes, 25 de febrero de 2011

Cantando he de llegar al pie del Eterno Padre


NUESTRO HIMNO DE AMOR Y DE GUERRA

Dionisio Ridruejo da la fecha del 3 de diciembre de 1935 como la del día en que Cara al Sol dejó de ser solamente música. En el Or-Kompon, restaurante ya desaparecido, en los aledaños del Palacio de la Prensa, era una especie de Rastro aristocrático donde acudía la gente atraída por el tipismo del local, en el que se vendían libros raros de brujería, viajes y recetas, grabados antiguos, zuecos, cerámica y mantones de Manila. Los sótanos eran como una especie de cueva vasca, con acuarelas de Guipúzcoa que representaban carros de bueyes, con la lana sobre el testuz, frontones, caseros con boina, maizales y curas con paraguas bajo los cielos plomizos de Loyola. En estos bajos había un piano.

Allí estaban, con José Antonio Primo de Rviera y Juan Tellería Arrizabalaga, Luis Bolarque, Pedro Mourlane Michelena, Rafael Sánchez Mazas, Agustín de Foxá, José María Alfaro (que en el libro “Madrid de Corte a cheka” de Agustín de Foxá, el nombre de Alfaro aparece enmascarado por razones de seguridad, ya que cuando se publicó la novela, en 1938, José María estaba aún en zona roja. El nombre que le da es el de José María Haro), Jacinto Miquelarena, Dionisio Ridruejo, además de Agustín Aznar y Aguilar, que vigilaban la puerta, no de posibles asaltos enemigos, sino para evitar la deserción de los poetas que a veces se largaban de la cueva a la barra que quedaba en el piso de arriba. Trajeron chacolí, sidra y bacalao. Después de la cena, el maestro Tellería se puso al piano tocando pasodobles y tangos.

— Oye, toca ese que hiciste el otro día.

Sonó una música enérgica, alegre y guerrera.

— ¿Te gusta, José Antonio?

— No está mal. A ver, ¿cuántos poetas hay aquí?, podríamos hacer un himno para que lo cantaran los chicos.

José Antonio trazó el plan.

— Tiene que ser un himno sencillo. En la primera parte debe hablarse de la novia, después de decir que no importa la muerte, haciendo una alusión a la guardia eterna de las estrellas, y luego algo sobre la victoria y sobre la paz.

Él traía ya media estrofa pensada porque en la casa de Bolarque, con Jacinto Miquelarena y Alfaro ya habían hecho una parte. La dijo:
Traerán prendidas cinco rosas
las cinco flechas de mi haz.

El músico, despeinado, golpeaba sus teclas. Disperso, arrebatado, Foxá escribía en una mesa entre las migas de pan y el olor reciente de la fruta. Quiso poner un arranque brioso:
De cara al sol, con la camisa nueva
que tú me bordaste ayer.

José Antonio y Sánchez Mazas amputaban sílabas y preposiciones. Y se acercó Dionisio Ridruejo con un papel arrugado; leyó:
Volverán banderas victoriosas
al paso…
Llenó la palabra que le faltaba con el la inarticulado de las canciones que no se recuerdan; añadió:
de la paz.
Todos se abstrajeron en la caza del adjetivo:
El paso fuerte.
Recio.
Alegre.

Hizo José Antonio el ademán de coger en el aire aquella palabra: “Eso, eso, alegre”. Ridruejo apuntó: “Al paso alegre de la paz”. No salía la segunda estrofa. José María Alfaro recitaba la estrofa de la sonrisa de la primavera y aquella tan hermosa cuyo último verso era:
Que en España empieza a amanecer.

Eran las dos y media de la madrugada. Algunos se querían marchar, pero Agustín Aznar vigilaba la puerta:
— De aquí no sale nadie.

Pedro Mourlane Michelena tachaba con una línea de lápiz el segundo verso de la última estrofa, aquel que ya nadie iba a conocer: “y será la vida vida nueva”. Escribió con letra menuda encima unas palabras.

— ¿No os gusta más esto?
Que por cielo, tierra y mar se espera.
Aprobaron unánimes.
— Desde luego, mejor.
— Gana mucho.

Propuso Bolarque, impaciente:
— Aunque esté incompleto el himno, vamos a cantarlo.

José Antonio se frotaba infantilmente las manos; se agruparon alrededor del piano.
— Atención.

Sonaron los primeros compases. Comenzaron a cantar. La música se hacía densa; eran voces juveniles que invocaban a la muerte y a la victoria. En los ojos de José Antonio brillaba una luz de entusiasmo velada por una ligera tristeza. Le parecía escuchar en la cercana calleja las pisadas rítmicas de sus camaradas que marchaban hacia un frente desconocido, y que penetraba por la ventana el aire frío de las batallas y de las banderas.

Y se imaginó a sus mejores pronunciando, moribundos en la tierra en el mar y en el aire, aquellas palabras que hacía unos minutos, sobre el papel, no eran nada y que ya no pertenecían a los poetas.

Al día siguiente, Agustín de Foxá encontró la estrofa de los caídos. Se la llevó al anochecer a José Antonio.
Si caigo aquí tengo otros
compañeros
que montan ya la guardia en los
luceros,
impasible el ademán.

José Antonio añadió tres versos para enlazar con la tercera estrofa.
Si te dicen que caí
me fui
al puesto que tengo allí.

Así quedo, definitivamente, el himno Cara al Sol de Falange Española y de las J.O.N.S.:



Cara al Sol, con la camisa nueva
que tú bordaste en rojo ayer,
me hallará la muerte si me lleva
y no te vuelvo a ver.
Formaré junto a mis compañeros,
que hacen guardia sobre los luceros
impasible el ademán
y están
presentes en nuestro afán.
Si te dicen que caí,
me fui
al puesto que tengo allí.
Volverán banderas victoriosas
al paso alegre de la paz,
y traerán prendidas cinco rosas:
las flechas de mi haz.
Volverá a reír la primavera,
que por cielo, tierra y mar se espera
¡Arriba, escuadras, a vencer!
que en España empieza a amanecer.

Tomado de http://elblogdecabildo.blogspot.com/
















































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