SEMANARIO NACIONAL
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jueves, 26 de diciembre de 2013
Franco: mensaje de fin de año a los españoles
miércoles, 5 de junio de 2013
lunes, 22 de octubre de 2012
LA VOZ DE UN PROFETA

Y en ésta ocasión más que nunca. Atentos a las palabras, pronunciadas en esta ocasión por José Antonio. No me dirá que no son proféticas, como si fuesen dichas para la triste y desastrosa, situación que nos ha tocado vivir.
Parece que nos está observando desde el PASADO, indicándonos que ya han pasado más de 75 años, y no hemos avanzado nada:
"Todos los trabajadores, ante la angustiosa situación presente, han de preguntarse a qué se debe el que, a pesar de los constantes cambios de Gobierno, a pesar de haber gobernado las izquierdas, a pesar de los Gobiernos de centro y de derecha, el paro aumente sin cesar, la carestía de vida se haga cada vez más agobiadora y la pugna entre las clases sea cada día más áspera. Con Gobiernos en que figuraban ministros socialistas, todas las calamidades que abruman a la masa obrera no sólo no tuvieron solución, sino que se agudizaron. Con Gobiernos de derecha, toda la política se orienta en contra de los productores; empeoran las condiciones de trabajo, se reducen los jornales, aumentan las jornadas, se los persigue, etc. ¿Qué significa esta coincidencia en el fondo de los partidos políticos, sean de derechas o sean de izquierdas? Significa que el régimen de partidos es incapaz de organizar un sistema económico que ponga a cubierto a la masa popular de estas angustias; que tanto unos partidos como otros están al servicio del sistema capitalista".
José Antonio ("Arriba", nº 20, 21 de noviembre de 1935)
miércoles, 12 de octubre de 2011
Legión Española "Desfile Día de la Hispanidad"
lunes, 8 de noviembre de 2010
¡¡ ESPAÑOLES ALERTA !!
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Un guardia civil
ABC
TRIBUNA PUBLICA
Un guardia civil
Por Antonio TEJERO MOLINA
Teniente coronel de la Guardia Civil
En el Ejército, lo primero que se hace antes de iniciar una relación entre varios es presentarse con el nombre, grado y destino, como pequeño adelanto de la personalidad del militar; y como por circunstancias harto conocidas me encuentro en boca de muchos de mis compatriotas, quiero presentarme ante ellos para que, de esta forma, lo más objetivamente que pueda hacerlo, sepan algo sobre quién es Tejero y las circunstancias que le rodean.
Ante ustedes, no por voluntad propia, sino por avalares del destino, se presenta Antonio Tejero Molina, militar español, para quien ante el sacrosanto nombre de España todo lo demás, excepto Dios, queda oscurecido de tal forma que apenas sí se ve, de tal forma que por ella, por España y cuanto representa, río, sufro, trabajo, vivo y si es necesario muero con alegría.
Que el sentirme español sea para mí el más preciado título, tiene una sencilla y demostrable explicación: es que España es tan grande, tan hermosa... Es grande en su historia, hermosa en sus tierras, rica en sus campos, fecunda en sus gentes y divina en su lengua: ¡El español! Me he recreado miles de veces mirando con avaricia sus tierras; y lo mismo me ha estallado el alma de orgullo ante sus altivas montañas, que ante sus verdes y sosegados valles de Vascongadas; lo mismo se ha perdido mi ilusionada mirada en su inmensa llanura manchega, que he creído volar desde lo alto de los Picos de Europa; lo mismo me he tostado bajo el sol en sus playas de Málaga y de Maspalomas, que me he quemado con sus nieves en Candanchú y en el «Escaparate»; me he empapado durante años con el agua de sus cielos de Galicia, de la misma forma que me he abrasado al sol de su hermosa “siberia” extremeña...
Y la belleza de sus rías, y el fragor de sus minas, y el bullicio de sus ciudades, y el sosiego de sus pueblos, y el sabor de sus vinos: Jerez, Rioja, Jumilla, Priorato, Rueda y Ribeiro...; y el gusto de sus guisos: fabada, cocido, escudilla, gazpacho, caldereta, pote, marmitako, sancocho... Comidas y bebidas de una raza bravía cuyos machos han llegado a ser dioses y ejemplo de heroínas sus hembras.
Y de su tierra a su historia, ante la que, señores, ¡hay que descubrirse! Todos sabemos que desde los Reyes Católicos fuimos una gran nación, que no tardó en convertirse en grandísima. Tan grande era que en ella no se ponía el sol; y alumbró entonces nuevas tierras y se entregó generosa a aquellas hijas de más allá del océano, que son hoy pueblos hermosos que recuerdan a la Madre Patria que les dio el ser, que la recuerdan en español, y que en español, y a la sombra de la cruz, rezan sus hijos.
Desde entonces, nuestra Patria ha caminado siempre por la Historia sacudiéndose el yugo cuando intentaron ponérselo, porque al grito de «¡La Patria está en peligro!» ha tenido siempre prestos a sus hijos para volver a convertirla de meretriz en soberbia matrona. Y es esa Historia la que nos grita: «¡Mirad a España!, pero mirad sintiéndola, para que se nos grabe en el alma, para llevarla eternamente en nuestros sentidos.» «¡Mirad a España!, pero viéndola en sus tierras, oyéndola en sus cantares, descubriéndola en su Historia, abrazándola en su bandera, rezando en sus templos, mirando sus cielos, trabajando sus campos, amando a sus gentes, comiendo sus guisos, bebiendo sus caldos, sudando bajo su sol y tiritando sobre su nieve.»
«¡Mirad a España! besando a sus hembras y pariendo a sus hijos.» Solo así te sentirás español. Español a quien le duele España. Y hoy nos duele porque no nos gusta como es. Hoy nos duele porque España tiene que ser una y grande y no muchas y rota. Nos duele porque antes era alegre y ahora está asustada, y porque antes tenía trabajo y paz para sus gentes y ahora tiene paro y sangre en sus tierras; porque antes era respetada y ahora es el «hazmerreír» de los extraños; porque antes estaba gobernada y ahora tiene a unos dirigentes que, en vez de repartir paz, trabajo y justicia social —y también de la otra— discuten tan ricamente desde sus cómodas poltronas el sexo de los ángeles..., y eso, amigos, como español, duele; ¡duele hasta reventar!
Pero volvamos a mi presentación. Este español dolorido nació en Málaga hace cuarenta y ocho años, se crió en Alhaurín el Grande, «el lugar», como le decimos; nació de la clase media, bueno, eso creía yo hasta que protestaron otros diciendo que mi clase no era la media, sino la baja, de acuerdo con mis antecedentes. El caso es que nací hijo de honrados maestros y nieto de sufridos labradores, y si tales antecedentes me sitúan en la clase baja, así lo admito y de ello me enorgullezco, pues no debemos ser malos cuando, poco a poco, vamos subiendo y progresando...
Estoy casado con una maravillosa mujer, hija de guardia civil y maestra de profesión y vocación, honrada y española como la que más, una mujer religiosa y prolífica que ha enriquecido nuestra unión con seis hijos que son nuestro orgullo y nuestra fortuna, educados todos ellos a la sombra de la cruz y en el amor a su Patria. En partes iguales se distribuye nuestra descendencia: tres varones y tres hembras; de aquellos, uno ya es militar, y de éstas, dos están casadas, también con militares; un nieto y otro en camino aseguran la prolongación de la familia. A la vista de todo ello es fácil sacar en conclusión que soy un hombre completamente feliz.
Aunque no soy monárquico, no me importa que mis amigos lo sean porque acepto cualquier forma de Estado, incluida la Monarquía, siempre que conduzca certeramente a mi Patria. Amo la vida y la libertad. Me gusta el orden. Soy católico practicante sin ser beato, y aunque no sea la mía una familia de mucho «rezo», todos los días damos gracias a Dios por los alimentos que permite llegar a nuestra mesa y bendecimos su nombre en familia al final de cada jornada. Políticamente no estoy encuadrado en ninguna ideología. Mi única política es España: su paz, su orden, su trabajo y su grandeza. No quiero nada que no haya ganado con mi sudor, y respecto a los demás, deseo que cada uno tenga lo que se merece, y me inclino por el más débil, no en una relación paternalista, sino en un plano de igualdad humana, de hombre a hombre.
En el trabajo y en el servicio soy duro para conmigo mismo y lo soy también para con tos demás, por ello, generalmente, no dejo pasar las faltas, las castigo, sin rencor pero sí de acuerdo con mi sentido de la justicia; por eso ni he guardado ni guardo rencor a quienes me han castigado si merecí el castigo. Entre mis grandes preocupaciones está la de la justicia social, pero sin demagogia; como cristiano sé que todos los hombres somos iguales, que lo único que cambia es aquello que Ortega y Gasset llamaba las circunstancias; por eso no creo en la existencia de razas privilegiadas, creo en los hombres y, sobre todo, creo en los españoles, y por lo que a mí se refiere, creo tener una enorme capacidad para encajar los reveses con la sonrisa en los labios, sin desfallecer nunca.
Tengo también defectos, quizá demasiados, pero de resaltar éstos ya se encargarán otros cumplidamente...
Creo que he hablado ya lo suficiente de mis orígenes, mi vida familiar y los pilares fundamentales de mi pensamiento como hombre y como español; quiero concentrarme ahora en mi condición de militar. Desde siempre quise ser militar, aunque no había precedente alguno en mi familia. Fue en 1951 cuando conseguí mis cordones de caballero cadete de la Academia General Militar. Aún ahora, en peligro de poder perder el uniforme, me parece mentira verme con los cordones en la mano, en la mano porque en el corazón los he llevado siempre.
Sin vanidad alguna por mi parte, pero sí con la obligación moral de salir al paso de quienes afirman que son militares los que no sirven para otra cosa, tengo que decir que fui un buen estudiante de Bachillerato, como certifican las abundantes matrículas de honor de aquellos años en los que se iniciaba mi expediente académico. Ya en la Academia General fui, durante tres años, cabo galonista por pertenecer a la primera promoción de la Guardia Civil, Cuerpo militar por entero, aunque yo siempre deseé que fuese Arma; Cuerpo militar español por su origen y creación, benemérito porque lo ha ganado a pulso y heroico porque lo ha demostrado a través de gestas como Santa María de la Cabeza, el Alcázar de Toledo, Oviedo y Tocina, que si cada una por sí misma sería suficiente, forman en su conjunto un póquer de ases que bien ganó para la Guardia Civil el titulo de heroico Cuerpo militar.
Durante mi permanencia en la Academia me enseñaron todo lo que ahora pongo en práctica y constituye el eje de mi vida, aunque mis profesores parecen haberlo olvidado. ¡De desmemoriados anda el mundo lleno! Lo cierto es que de aquellos profesores, hoy desmemoriados, aprendí el culto al valor, a la dignidad, al honor, a la Patria, a su unidad y a su bandera, y también el culto a nuestros muertos. Y me va a permitir el lector que haga un pequeño aparte para decir, en voz baja, confidencialmente a quienes tales enseñanzas me dieron: Señores desmemoriados ¡voy a tener que darles rabillos de pasas!
Tras este pequeño paréntesis, hecho gracias a la paciencia de los pacientes lectores, vuelvo a aquellos anos de mi vida en la Academia General de la que salí teniente en diciembre de 1955. Cataluña fue mi primer destino, y allí permanecí durante tres años. Cataluña era por aquellos años uno de los últimos reductos del bandolerismo español, con personajes como Sabater, Facerías y «Caraquemada», entre otros. Y cumpliendo aquel primer destino surgió la campaña del Sahara-Ifni. Poco tardé en redactar mi instancia (una instancia cuya copia conservo) solicitando mi incorporación a la Policía Territorial del África occidental española, pero mi petición fue denegada con la justificación de que estaba prestando servicio en zona de bandoleros de la que no se podía distraer esfuerzo alguno.
Y de Cataluña, a Galicia. Al ascender a capitán en 1958 me incorporé a una de las compañías del Miño, zona contrabandista de duro y sacrificado servicio. Allí me salieron las primeras canas y allí gané la primera cruz. Vélez-Málaga fue el siguiente destino, y después de Andalucía, Canarias; en 1963, con el ascenso a comandante, llegó el destino a Las Palmas de Gran Canaria. Badajoz fue la etapa siguiente de mi vida militar; allí pasé los años más apacibles de mi carrera, y de Badajoz he dicho siempre que es la tierra donde no nací pero en la qué sí me gustaría morir. Allí crecieron mis hijos y allí se terminó la lista de ellos con nuestro Juanico... por lo menos eso creo yo.
El ascenso a teniente coronel en 1974 iba a tener una importancia decisiva en mi vida militar. Fui destinado a Guipúzcoa y allí me incorporé el mismo día que se celebraba el funeral por el cabo Posadas. Aquella circunstancia debió ser como una premonición de la honda transformación que en mí iba a producirse; fue en aquellas tierras donde me convertí en un verdadero guardia civil, fue allí donde pude darme cuenta, en toda su dimensión, del temple, la disciplina y el valor y la gallardía de nuestros guardias; y fue allí, ante cada uno de los féretros, ante cada uno de los cadáveres de nuestros hombres, caídos por la insensatez de nuestros dirigentes, donde me hice la solemne promesa de no quedar en paz con aquellas víctimas heroicas hasta no igualar, al menos, su sacrificio.
Fue allí, en aquellas tierras, donde prediqué a mis hombres con el ejemplo, como a mí me gusta que me prediquen, ¡mojándome el primero! Allí vestí y paseé mi uniforme y mi tricornio con mayor orgullo que en ningún otro lugar de España. Siempre llevé en mis salidas el coche negro de servicio con la matrícula PGC y el letrero de «Servicio oficial». Fue allí donde más descubierto estuvo mi pecho, sin camuflaje alguno, porque tampoco estaban camuflados mis guardias de control; uniformado reglamentariamente visité los barrios viejos de San Sebastián y Vitoria, cuyas dos Comandancias mandé; vestido de uniforme fui también en ocasiones a las salas de fiestas en las que, en sus jornadas libres de servicio, disfrutaban mis guardias con la sana alegría de la juventud. Y nunca, ¡nunca! recibí de uniforme insulto alguno.
Pude haber sido tiroteado. No desconocía el riesgo y difícilmente podía olvidar a todos y a cada uno de los hombres muertos. Pero el riesgo es siempre inherente a nuestra carrera. Muchas veces he dicho a mis hijos que la vida es preciosa y que una de las cosas que más la engrandecen es el saber que se la puede uno jugar por algo que merezca la pena.
Durante mi estancia en Vascongadas fueron cerca de veinte las víctimas que hizo el terrorismo en el Cuerpo de la Guardia Civil, aunque de ellos solamente el cabo Frutos estaba a mis órdenes. Luché contra la ETA con todo mi afán, sin conceder descanso alguno a los terroristas, para que no pudieran pensar ni reaccionar; nuestra lucha no admitía tregua alguna, pero era, también por nuestra parte, una lucha limpia, enfrentada a la sucia lucha de los terroristas. Así y todo se logró detener a ciento cuarenta etarras, todos los cuales salieron en triunfante libertad gracias a la amnistía.
Sí, a lo largo de mis años de destino en Vascongadas tuve que asistir a demasiados entierros; eran mis hombres aquellos cadáveres, y es cierto, como dijo en alguna ocasión la Prensa, que besé a mis muertos; sí, los besé, aunque la mayoría de aquellos guardias muertos no tuvieran apariencia humana, como consecuencia de las explosiones que habían segado sus vidas. Sí, es cierto que los besé, y que mis labios se llenaron con su sangre de mártires; y es cierto también que mi hijo los besó, y allí, que yo sepa, nadie sintió náuseas. Aquello era para hombres y allí, que yo sepa, no había ninguno que no lo fuera.
También fue durante mi permanencia en Vascongadas cuando se llevó a cabo la legalización de la bandera separatista, esa bandera que ahora llaman las izquierdas «banderola», y que entonces antepusieron a la bandera de España. Aún estaba caliente la sangre del cabo Frutos cuando fue legalizada la bandera separatista y aquello me indignó, creo que justamente. Mis guardias y yo pasamos la peor noche de nuestra vida. Salimos varias veces a rescatar banderas españolas ultrajadas, en contra de las órdenes recibidas de no salir por ningún motivo. Una de esas banderas que pudimos rescatar medio quemadas preside desde entonces mi hogar.
Pensar que la «banderola» iba a ondear por encima de la sacrosanta bandera española me hizo saltar contra los culpables y aquello me costó un mes de arresto en Madrid y el cese en el mando de la Comandancia.
El siguiente destino fue la Jefatura de la Comandancia de Málaga, mi patria chica. Y allá nos fuimos con toda la ilusión del mundo. Había allí un pabellón precioso para mi mujer; allí estaban mis padres; allí estaban los amigos. Se reunían, en fin, muchas circunstancias para que en la Comandancia de Málaga pudiera encontrarme a gusto. Pero seguían los asesinatos y las tropelías en nuestra España. Las víctimas iban sumándose en cantidades que yo difícilmente podía soportar, aunque no falten quienes se tragan esas cifras sin pestañear, ¡allá sus estómagos!
Un atentado terrorista se cobró tres vidas: el señor Unceta, un hombre cabal, y dos guardias civiles. Y en aquella misma jornada me anunciaron que iba a haber en Málaga una manifestación en apoyo de la mayoría de edad, en definitiva, uno de esos «escandaleras» que organizan los marxistas y a los que acuden para gritar «¡Amnistía!»
Aquello me pareció una provocación, un comportamiento que no podía aguantar. Intenté por el diálogo evitar que la manifestación se celebrase, pero, aunque me dijeron que iba a ser trasladada a otro día, comprendí que trataban de engañarme y, ya al filo de iniciarse la manifestación, le dije al gobernador Civil: «Hoy España está de luto... Mañana seré un arrestado, pero hoy no se profana a mis muertos.» Y así me jugué la mejor Comandancia que he visto, porque disolví la manifestación, sin violencia, porque no fue necesaria más que la decisión y la firmeza reflejadas en los ojos de los hombres que componían mi fuerza. Aquellos hombres actuaban con energía y con la confianza en su mando, sabiendo que no iba a dejarles en la estacada, y está demostrado que cuando hay autoridad y decisión es innecesaria la violencia; solamente después de reculeos y blandenguerías es imprescindible la violencia. En fin, mi actuación me trajo un mes de arresto y el cese en el mando.
Marché a mi retiro extremeño, porque soy de carne, y en ésta me dolía lo que había perdido. Allí, en mi retiro extremeño, sin esperarlo, llegó el nombramiento de jefe de la Agrupación de Destinos de la Dirección General del Cuerpo. No era el mando ansiado por mí, pero era un mando. Y así llegué a la Villa y Corte, y así empecé a respirar en tres dimensiones lo que a las provincias solamente llega en dos. En Madrid tuve oportunidad de leer un proyecto de Constitución en el que faltaba Dios y sobraban «nacionalidades». Escribí inmediatamente una carta al Rey pidiéndole que aquel proyecto no saliera adelante y pidiéndole que no corriera más sangre... Catorce días de arresto y nuevamente en peligro mi destino. Entonces tomé un café con tres amigos y otro más, que, pareciendo serlo, resultó un vulgar delator; tomamos café en la cafetería Galaxia y... diecinueve meses de prisión efectiva, siete de ellos legal.
Me encontré nuevamente disponible y en Madrid, respirando a boca llena, durante las veinticuatro horas del día: asesinatos, atracos, trabajadores en paro mendigando por las calles, por las plazas y en las estaciones del Metro; veinticuatro horas al día viendo humillados a muchos de los que hasta entonces había considerado hombres dignísimos, viendo actos de cobardía, de indiferencia ante todo; veinticuatro horas al día oyendo los ladridos furiosos de los cuarenta sectarios que emponzoñan a nuestro pueblo, oyendo los crujidos de los cimientos de la Patria y oyendo el relato de las continuadas profanaciones de banderas. Disponible, viendo a lo largo de las veinticuatro horas a esas pandillas de jóvenes degradados por la droga, a esas muchachas que sin haber consumido su niñez han perdido ya el ansia de vivir porque ya todo lo conocen, aunque lo hayan conocido mal, y enfermos que piden un tercer sexo, y pornografía a raudales, degradando a la mujer y al hombre, y desprecio hacia nuestros mayores, irreligiosidad.
Todo eso es lo que vi en esas largas horas de mi situación de disponible, y pensé que no tenía derecho a dejar a mis hijos una Patria empobrecida y degradada, porque de mis padres recibí esta Patria en perfecto estado. Y pienso que si hay que liarse a tortazos, debo y quiero ser yo quien los dé y los reciba, y no reservárselo a mis hijos, que ellos tendrán los suyos a su tiempo...
Conocí a personas que se encontraban en circunstancias parecidas; que sufren por España, que aún tiene arreglo si se acaba con el separatismo, si se termina con el terrorismo y con el terror callejero, si se pone fin al paro mediante la adecuada utilización de la riqueza que en España existe.
Para ello solamente es necesario ser honrado y obligar a los demás a que lo sean, porque se puede gobernar imponiéndose con autoridad.
Por todo ello, a las 18,24 horas del día 23 de febrero de 1981 entré en las Cortes Españolas, hice público un comunicado explicando el porqué. Decía así:
«Españoles: las unidades del Ejército y de la Guardia Civil que desde ayer están ocupando el Congreso de los Diputados a las órdenes del general Miláns del Bosch, capitán general de Valencia, no tienen otro deseo que el bien de España y de su pueblo. No admiten las autonomías separatistas y quieren una España descentralizada pero no rota. No admiten la impunidad de los asesinos terroristas contra los que es preciso aplicar todo el rigor de la Ley. No pueden aceptar una situación en la que el prestigio de España disminuye día a día. No admiten la inseguridad ciudadana que os impide vivir en paz. Aceptan y respetan al Rey, al que quieren ver al frente de los destinos de la Patria, respaldado por las Fuerzas Armadas. En suma, quieren la unidad de España, la paz, orden, seguridad. ¡Viva España!»
Salí de las Cortes el día 24 de febrero, después de que el secretario de la Junta de Jefes de Estado Mayor firmara, con el consentimiento de la misma, y en presencia de mi director general, Aramburu Topete, un documento, que conservo, eximiendo de toda responsabilidad a soldados, guardias, cabos y suboficiales y hoy, a pesar de ese documento, sigue habiendo guardias detenidos, y lo están también todos los cabos y suboficiales. Se les busca culpabilidad cuando allí todo lo que se hizo fue por orden mía, sin tener en cuenta que no pudo ser más limpio ni más caballeroso el comportamiento de la fuerza con los diputados.
Yo me he declarado responsable de todo. Yo ordené los disparos. Yo ordené a todo el mundo que se tumbara en el suelo. Yo distribuí y ordené los servicios y los vigilé. Mi fuerza sabe que conmigo no se juega, y en mi poder está ese documento que exime de responsabilidades a guardias, cabos y suboficiales. ¡Señores, soy el único responsable de lo sucedido dentro de las Cortes! ¡Señores, dejen ya tranquila una Fuerza de la que deben sentirse orgullosos ustedes y toda España, sea cual sea su color y su ideología! ¿No se pedía eficacia a. las FOP? ¡Pues ahí tienen ustedes eficacia!... Claro que las órdenes que recibieron fueron claras y enérgicas.
Por todo ello me encuentro hoy en prisiones militares para aceptar lo que España disponga de mi, con el ánimo sereno y la conciencia tranquila, mucho más tranquila de lo que puedan tenerla quienes debiendo no están aquí con nosotros.
Sea cual sea mi destino, ¡gracias España por permitir que te haya servido!
Alcalá de Henares (prisión militar) Marzo de 1981.
Antonio TEJERO MOLINA
Teniente coronel de la Guardia Civil
lunes, 20 de septiembre de 2010
XC aniversario de la Legión
Con fecha 28 de Enero de 1.920 un Real Decreto recoge el siguiente texto "con la denominación de Tercio de Extranjeros se creará una unidad militar armada, cuyos efectivos, haberes y reglamento por el que han de regirse serán fijados por el Ministro de la Guerra", breve texto cuyo objetivo queda magnificamente explicado en la exposición que precedía al Real Decreto "(....) disminuir los contingentes de reclutamiento en nuestra Zona de Protectorado en Marruecos, inclina al Ministro que suscribe a aconsejar, como ensayo, la creación de un Tercio de Extranjeros...".
Para que la Legión no quedara en "ensayo", era necesario que, quien tenía la responsabilidad de llevarlo a termino, de probada valía, tuviera el apoyo de hombres de gran talla militar. El destino hizo coincidir, tiempo atrás, al Comandante Millán Astray con el Comandante Francisco Franco en un curso en la Escuela Central de Tiro.
La amistad cuajada en este encuentro, serviría posteriormente para que Millán Astray ofreciera el puesto de lugarteniente a Franco, que fue, sin duda, piedra angular en la exitosa organización de la Legión.
Muchas debieron ser las dificultades que se vencieron, ya que no fue hasta el 20 de Agosto de 1.920 cuando se publica un Real Decreto cuyo primer artículo dice "Se procederá desde luego a la organización de la citada unidad..." su redacción, sin duda, da referencias del tesón del fundador.
El artículo 3º encierra, entre sus líneas de marcado carácter económico, las razones que motivaron la creación de la Legión: "El aumento del gasto que ocasione la creación de la citada unidad será compensado con las economías que se obtengan, como consecuencia de dejar sin cubrir todos las bajas que ocurran en las tropas peninsulares de África durante el actual ejercicio, por repatriación de unidades, y, entretanto, por el licenciamiento de individuos del tercer año de servicio en las referidas tropas, en la proporción de dos de éstos por cada soldado filiado en el Tercio."
Unas semanas más tarde, el 2 de Septiembre, es nombrado al mando del Tercio el ya Teniente Coronel de Infantería Don José Millán Astray Terreros. La Legión estaba definitivamente en marcha y dos días después aparece en el Boletín la organización del Tercio de Extranjeros del que debemos destacar, entre sus 46 reglas, la número 2: "Este cuerpo habrá de emplearse tácticamente como de primera línea y en todos los servicios de paz y guerra, sin otro límite que el de su utilidad militar", muestra de la que será en adelante obsesión del fundador: Imbuirla de un elevado espíritu militar y ofensivo, de entrega y sacrifico permanente. Objetivo que consiguió brillantemente y a lo que contribuyó, de singular manera, el Credo Legionario por él redactado.
Si bien este Real Decreto determinaba como fecha de inicio de la recluta el 4 de Octubre, fue tal el éxito inicial que el día 20 de Septiembre se produjeron los primeros alistamientos, iniciándose la andadura real de la Legión.
Los primeros días
El Cuartel del Rey en Ceuta es la primera ubicación de la recién fundada Legión. Allí, Millán Astray, con sus primeros oficiales elegidos entre aquellos voluntarios con mejor historial en las campañas de Marruecos, se preparan para, plenos de ilusión, vencer las naturales dificultades de una empresa de esta envergadura.
La recepción de los primeros legionarios esta cargado del espíritu que el fundador quiso dar a su Legión. Se les recibió con frases como "....combatiréis siempre en vanguardia, la muerte se convertirá en vuestra insuperable compañera. Moriréis muchos, quizás todos....".
El 10 de Octubre se incorpora, como Lugarteniente del Fundador, el Comandante Franco. Se hace cargo de la instrucción de la nueva unidad y funda la 1ª Bandera.
Esta, con dos compañías de fusiles al mando de los Capitanes Pablo Arredondo Acuña, laureado, y Luís Valcazar Crespo; junto a una compañía de ametralladoras con el Capitán Eduardo Cobo Gómez a su frente, marchan el 16 del mismo mes al Campamento de Dar-Riffien. Allí se levantó el acuartelamiento que sería, desde entonces, la casa solariega y entrañable de la Legión.
Las previsiones se ven desbordadas y en apenas dos meses se organizan la 2ª y 3ª Banderas. La Legión ya es una realidad. Ahora solo falta la oportunidad de demostrar su valía, de la que tan seguro estaba su creador. Pero el mando tiene reservas en la utilización de estas novedosas unidades en sus columnas, quedando la Legión relegada a servicios de retaguardia.
El Tercio sufre la primera agresión el 7 de Enero de 1.921, fecha en la que es atacada una escuadra de la 6ª Compañía de la 2ª Bandera, falleciendo el Cabo Baltasar Queija Vega, primer muerto de la Legión.
La 4ª Compañía de la 2ª Bandera es la unidad legionaria que sufre el primer ataque de importancia. Ocurrido el 16 de Enero de 1.921 durante una protección de camino entre Zoco el Arbaa y Xarquia Xeruta en la que resultó muerto su Capitán, Don Pompilio Martínez Zaldivar. La reacción de la 5ª y 6ª Compañías a este ataque fue contundente, retirándose el enemigo diezmado. Esta acción es citada con elogio por el General Berenguer, Alto Comisario, al Vizconde de Eza, Ministro de la Guerra.
Este hecho cambiaría el empleo de las unidades legionarias, pasando desde ese momento a formar parte en las operaciones ofensivas, si bien, y contrariando el deseo de los legionarios, tan solo en la retaguardia del grueso.
Al fin, el 29 de Junio de 1.921 llegaría la oportunidad en Buharratz, donde la 3ª Bandera quedó en primera línea de fuego a resultas de una maniobra enemiga.
Este combate mantuvo un duelo verdaderamente sangriento que cambia la suerte de la lucha consiguiendo rechazar al enemigo tras infringirle numerosas bajas.
Doce muertos, de ellos un oficial, veintidós heridos incluidos tres oficiales y una Medalla Militar en la persona del Capitán de la 9ª Compañía D. Camilo Alonso Vega, marca un nuevo estilo. Los legionarios de Millán Astray se consagran como extraordinarios combatientes.
En lo sucesivo, ningún general querrá prescindir de una Bandera Legionaria entre las unidades de sus columnas.
Tomado de http://www.tinet.cat
BIBLIOGRAFÍA: El Pueblo de Ceuta 18-09-05 LXXXV ANIVERSARIO DE LA LEGIÓN
domingo, 12 de septiembre de 2010
España, unidad de destino
Por Luis Suárez, www.arbil.org
El último premio nacional de historia analiza la constitución básica de la nación española, el modo en que se encuentra constituido el cuerpo nacional. Una constitución histórica basada en la dignidad del hombre y que en política se identifica con un sentimiento de lealtad y no fidelidad: El ejemplo más significativo. A finales del siglo XV llegó a uno de estos reinos de España, Navarra, la hora definitiva de elegir entre la fidelidad debida a unos Reyes, perdiendo en ella su ser hispánico, su libertad, su condición de reino y sus fueros, o la integración en esa misma España que permitía ganar fuero y reino, Corte y libertad. Lógicamente escogió lo segundo.
Desde Ockham y el nominalismo exagerado, se ha apoderando de Europa una corriente -que ha llegado fuerte hasta nuestros días- que niega al hombre su calidad de persona que se trasciende, para convertirle sólo en individuo. Se afirma que los países, las naciones, las entidades y la misma Iglesia, no son entes en sí mismos, generadores de un derecho, sino solamente sumas de individuos y que, por tanto, la verdad en una decisión no puede establecerse por fidelidad a una herencia recibida sino sólo como resultado de la mayoría de votos. Frente a esta corriente, España reacciona efectuando una reforma religiosa, filosófica y política que, en lo más íntimo, no hacía sino afirmar el principio de que el hombre se trasciende, fuera de sí mismo, hacia el prójimo y hacia Dios, hacia su tierra y hacia la comunidad de que forma parte.
Los historiadores nos vamos acostumbrando a establecer la ambivalencia de la palabra constitución hay mucha diferencia entre el enunciado constitutivo -la nación es así- como el que poseen los Estados Unidos, sin escribirlo Inglaterra, y el enunciado constituyente. Cuando el enunciado es constitutivo no se pretende inventar nada: se recoge la herencia que la Historia ha creado en nuestro país y de la que los ciudadanos de hoy no pueden considerarse dueños, pues pertenece a los que vivieron antes y a los que han de venir después. Pero en cambio cuando se trata de buscar un texto constituyente -y esto sucede desde la Revolución francesa y entre nosotros desde la Constitución de 1812- no se pretende respetar (o que hay; sino imponer al futuro una determinada dirección. Sólo así se comprende que haya una Constitución española que empiece con un capítulo tan inefable como el que afirma que los españoles "serán. buenos y benéficos" -¡Dios mío, qué tendríamos que hacer con los malos!- o aquella de la República española que, como ustedes recuerdan, decía de España que es un "República de trabajadores de todas clases". ¿Y los no trabajadores?
No se rían... no nos riamos... En la Constitución actual se habla de regiones y nacionalidades. Se apunta a esto, para crearlas, aunque no existan. Y esa es la tremenda interrogante de futuro que cobra en nuestros días sentido dramático.
En cambio, el primero de los principios del Movimiento Nacional -y haría falta un curso entero para explicar lo que esto significa- afirmó precisamente que "España es una unidad de destino en lo universal". Se incorporan en ella dos conceptos muy fundamentales. Primero que España es y no necesita llegar a ser; es la herencia que hemos recibido con cierta estructura. Segundo, que hemos de amar a España no porque nos guste, pues amar lo que gusta carece de mérito, sino precisamente con el sentido serio y dramático de la existencia, aunque no nos guste. Más aún, precisamente porque no nos gusta, y no con el amor de sensualidad que une al aldeano con su valle, sino con el amor que trasciende al hombre y le une en unidad de destino, desde el pasado al futuro que tiene que construir.
En la mente de Dios los españoles hemos recibido algo y somos llamados a responder. Lo que Dios reclama a cada una de las generaciones de españoles es que sepa asumir libremente la herencia de ese algo esencial que somos y responda de ello. Quisiera ahora que se me permitiese usar de mi oficio de historiador -doy lo que tengo y no puedo hacer otra cosa- para tratar de explicar cómo yo mismo y los historiadores actuales vemos a España.
El año 754 un anónimo cronista mozárabe que vivía en Córdoba, refiriéndose a la conquista de España por los musulmanes, acuñó una frase: "La pérdida de España." No puede perderse algo si antes no ha existido. Antes del 711, en la mente de ese monje mozárabe, España ya existía: había sido creada por mano de Roma, de la que recibió fundamentos esenciales de su ser, como el derecho que respeta la entidad de la persona y considera el ejercicio de la libertad como un juego entre ley y deber; la lengua latina, tronco inicial para la expresión del pensamiento, el concepto jurídico de la familia, la organización del municipio y, por último, el Cristianismo, que dio a los españoles una especial sensibilidad para la trascendencia. Todo esto, que se estaba fundiendo en un gran crisol, en una manera de ser que arrancaba de San Isidoro el laudes Hispaniae -qué duda cabe de que hoy San Isidoro sería motejado de nostálgico- y estaba logrando con los concilios de Toledo un primer esquema político, es lo que se rompe el 711 provocando la exclamación del mozárabe.
Por eso la primera gran tarea nacional fue precisamente recobrar aquella España perdida. De ahí que hablemos de Reconquista. Se preguntaba Ortega y Gasset cómo puede llamarse reconquista a algo que dura tanto tiempo. Precisamente porque dura ese tiempo, porque es ganar día a día, siglo a siglo, una tierra, la llamamos Reconquista. Durante los siglos centrales de la Edad Media los españoles que nos precedieron se sintieron unidos lentamente a esa tierra, a la que amaron como aman los guerreros. Por eso es en España el amor a la patria un amor real, físico y casto, y por eso también en la épica española encontramos una penetración profunda de conciencia histórica y no de mitología. Nuestros grandes personajes son seres apegados a la tierra y dotados del sentimiento de su propia dignidad. El Cid o Fernán González aparecen como hombres de carne y hueso. Al mismo José Antonio Primo de Rivera llamaba mucho la atención aquella frase del Poema del Cid, tantas veces repetida: ¡Dios qué buen vasallo si oviera buen señor! Esta es una de las características fundamentales del señor español. Si la frase se analiza bien, da por sentado que el vasallo es bueno: lo que en nuestro país no está tan seguro es que el señor lo sea también...
En la más antigua conciencia política castellana, la dignidad del hombre se identificó con un sentimiento de lealtad y no fidelidad. España no imagina un héroe como el de la Canción de Rolando, que prefiere morir antes de tocar el cuerno que le permite llamar en su auxilio al emperador. Aquí los reyes y los vasallos tienen que tratarse con la misma recíproca lealtad. Lo que verdaderamente inspiraba emoción a los españoles de la Edad Media, era la figura del Cid cuando tomaba al Rey sobre los evangelios, el juramento de que nada había tenido en la traición que costara la vida a su hermano. Así, en las relaciones entre monarca y súbditos, entre señor y vasallo, nació el fundamento trascendental de nuestra libertad.
Por razones militares, la Reconquista impuso la diversificación de poderes: había que hacer frente a un enemigo numeroso y superior era preciso abrir el frente y dividir los lugares de la batalla. Por eso nacieron diferencias regionales. Pero cuando la Reconquista termina, a mediados del siglo XIII, se plantea el retorno a la unidad: pues nadie duda que la unidad es superior a la división. Hemos tenido que llegar a nuestros días para que pueda presentarse la pluralidad como mejor. Pero esto es, desde el punto de vista de un historiador, sólo una aberración.
Podría señalar con detenimiento las etapas exquisitas a través de las cuales se fue fortaleciendo el concepto de soberanía, depositado en la Corona real, sin privar a nadie de la riqueza variada de las regiones, pero creciendo en la unidad, en lugar de deshacerla. Voy a mencionar sólo el ejemplo más significativo. A finales del siglo XV llegó a uno de estos reinos de España, Navarra, la hora definitiva de elegir entre la fidelidad debida a unos Reyes, perdiendo en ella su ser hispánico, su libertad, su condición de reino y sus fueros, o la integración en esa misma España que permitía ganar fuero y reino, Corte y libertad. Lógicamente escogió lo segundo. Por eso ha sido Navarra, hasta nuestros días, la más españolista de las regiones españolas.
Algunas veces se ha dicho que la unidad española fue creada de acuerdo con el modelo de Castilla. No es cierto. El modelo que se usó fundamentalmente fue el de la Corona de Aragón. Sin embargo, aquella soberanía organizada sobre la unidad y respetuosa con lo que era diverso y peculiar, aseguró a España el papel de primera potencia mundial que ya fuimos a finales del siglo XV y durante el siglo XVI. Es curioso e importante señalar a este respecto otro detalle: nunca los cronistas contemporáneos de los Reyes Católicos llamaron a estos creadores o forjadores de la unidad española, sino restauradores. España existía desde mucho antes y había sido gloriosamente restaurada.
Así surgió la mejor forma de Estado que ha conocido Europa, la Monarquía católica, tradicional y representativa, a la que precisamente el Caudillo aludió muchas veces para ponerla en contraposición, con la de los tristes episodios que España había tenido que vivir en las últimas etapas del siglo XIX, y primeras del XX. Y fue la mejor forma de Estado, porque estaba descubriendo lo que mucho más tarde se ha presentado como libertad jurídica para los súbditos. En 1188 inventamos las Cortes; que el Parlamento inglés no es otra cosa que adaptación de las instituciones castellano-leonesas, hecha por Simón de Monfort. Vino luego la fijación por escrito del Derecho, de la estructura jurídica de la sociedad y, por último, la conciencia de que las libertades públicas nacen precisamente del encuentro entre hombre, tiempo e Historia.
Yo recuerdo la sorpresa que representó para mí, al leer por vez primera el Fuero de Navarra de 1275, comprobar que comenzaba hablando de don Pelayo y Covadonga y del modo "como los montañeses comenzaron a facer rey". De allí, de la raíz unitaria de la Reconquista, había salido todo, incluso el crecimiento de cada uno de los estados que componen esa única nacionalidad española.
En el siglo XIV el proceso de transformación de esta forma de Estado que es la Monarquía tradicional, dio un salto gigantesco al establecer, por vez primera, tres esferas de poder autónomo: legislativo de las Cortes, judicial de la Audiencia, ejecutivo de los Consejos. Multiplicando estos Consejos, España se adelantaba a crear un estado de derecho, respetuoso para la libertad y la dignidad del hombre. Pues también los reyes estaban sujetos a la ley y no exentos de ella. Cuando se compara a Isabel la Católica con cualquiera de sus reyes contemporáneos, la diferencia es abismal: junto a ella o su marido Fernando, Enrique VIII no pasa de ser un grotesco tirano arcaizante Tenemos que tener el valor de decir también las cosas de que nos enorgullecemos.
Todo esto sucedía en el momento en que, a causa de Ockham y del nominalismo exagerado, se estaba apoderando de Europa una corriente -que ha llegado fuerte hasta nuestros días- que negaba al hombre su calidad de persona que se trasciende, para convertirle sólo en individuo. Los nominalistas afirmaron que los países, las naciones, las entidades y la misma Iglesia, no eran entes en sí mismos, generadores de un derecho, sino solamente sumas de individuos y que, por tanto, la verdad en una decisión no podía establecerse por fidelidad a una herencia recibida sino sólo como resultado de la mayoría de votos. Claro es que Ockham fue consciente de la barbaridad que esto significaba, y trató de remediarla mediante una fórmula que podemos brindar como solución para sus angustias a los políticos de nuestros días:
La mayoría tiene razón cuando es al mismo tiempo la parte mejor y la más sana, pues en caso contrario, aunque sea mayoría, no tiene razón.
Frente a esta corriente, España reaccionó efectuando una reforma religiosa, filosófica y política que, en lo más íntimo, no hacía sino afirmar el principio de que el hombre se trasciende, fuera de sí mismo, hacia el prójimo y hacia Dios, hacia su tierra y hacia la comunidad de que forma parte. Tal es la gran reforma española que se inscribe entre 1375 y 1530. Frente al mundo, España defendió ciertas cosas esenciales que tampoco entonces estaban de moda. Defendió la dignidad del hombre porque es una criatura de Dios. Defendió la capacidad de la razón para comprender, pero no para dominar. Defendió la relación que existe entre verdad y libertad, siendo la segunda hija de la primera. Defendió que el honor y la lealtad, el respeto a la palabra dada y el cumplimiento de lo que se jura, son normas esenciales de la conducta.
Todo esto queda reflejado en el orden del pensamiento y en nuestras aportaciones a la cultura. Así dimos las leyes de Indias que trataban a los pieles rojas como seres humanos, y el Derecho de gentes de Francisco de Victoria, y las prelaciones del Padre Suárez, y la razón de la razón en el Quijote. Fijaos en la frase de Cervantes, cargada de sentido: don Quijote no se vuelve loco simplemente por leer libros de caballerías -esos eran incapaces de enloquecer a nadie-, sino porque penetraban a través de ellos mensajes como aquel de la razón de la sin razón que a mi razón entontece, etc. ¿No es la razón de la sin razón un antecedente de la crítica de corazón pura y de la razón práctica? El Quijote, decía Unamuno, es como una reivindicación de la razón sujeta al servicio del hombre. Dimos también al mundo el sentido profundo de la existencia humana, que no cobra valor como en el sueño que es tránsito, mientras no tiene en cuenta el objetivo hacia el que apunto. Dimos una clara definición del desgarra miento de la libertad en la conciencia, en Tirso de Molina... Y como resultado de esto dimos al mundo más de veinte naciones al otro lado del mar, donde sus habitantes eran declarados hijos de Dios y hermanos nuestros. Por eso pudieron seguir viviendo.
No estoy tratando de hacer la alabanza de España ni la justificación de nuestros méritos -habrá que pensar también en los muchos defectos-, sino de apuntar hechos: España fue así, defendió estas cosas y sostuvo esta línea de pensamiento. Con toda lógica, España se convirtió en el gran obstáculo para la otra corriente europea que cristalizaba, a través de Martín Lutero, en la que llamarnos protestantismo. La oposición española al luteranismo nunca fue circunstancial, producto de coyuntura, sino esencial, radical, profunda. ¿Cómo podría cualquiera de los maestros de Salamanca -y pienso en fray Luis de León- comulgar con las ideas de Lutero que llamaba a la razón "esa prostituta"? Nosotros estábamos entre tanto afirmando y defendiendo la idea de que el destino del hombre es una tensión hacia el futuro, con esperanza, mientras luteranos y calvinistas sostenían que la vida no es sino un círculo en que el hombre se devora a sí mismo, sin esperanza, a menos de que haya sido previamente elegido, designado por Dios para La salvación.
Del luteranismo nació después el racionalismo, pero no el que pone la razón al servicio del hombre, sino, al contrario, somete al hombre al imperio de la razón, a la que deifica. Y así llegará un día en que "un hombre nefasto en la historia, que se llamó Juan Jacobo Rousseau" - ¿os acordáis de esta frase?-, dirá que el hombre encerrado en sí mismo, no se trasciende, ni mejora, y que la verdad no es la verdad, y que la libertad nada tiene que ver con la verdad que no existe, porque una y otra dependen únicamente del número de. votos, cantidad que puede ser sumada o añadida. Y he aquí que el mundo ha aceptado una pretendida verdad tan monstruosa como ésta: doscientos mil tontos sumando sus votos edifican un ente de razón, mientras que veinte inteligentes tienen que renunciar a defenderla.
La lucha de España fue una batalla de gigantes. Voy con mucha frecuencia a El Escorial. Confieso que experimento una gran emoción cuando, bajo aquellas bóvedas, contemplo, en silencio y soledad, la medida racional de un hombre, Felipe II, que vino a ser como la condensación de estas ideas en esfuerzo político. Luchamos los españoles por la razón de la razón, y perdimos... Acaso nos sirva de consuelo pensar que perdimos por poco. En 1634 el cardenal-infante don Fernando aplastó en Nordlingen a los suecos, y por un instante llegó a creer que el luteranismo iba a desaparecer. Fueron años curiosos, de esfuerzo enorme, desmesurado acaso a la realidad material de España. Como una de mis más emotivas experiencias de historiador, recuerdo un día en el Archivo de Simancas, cuando encontré la carta en que el marqués de Mirabel, embajador en París el año 1635, al comenzar la guerra fina con Francia, relataba a su Rey los azares de su salida de la capital, cuando sólo y sin escolta, corría hacia el norte los caminos que empezaban a poblar los soldados en armas. Detenido por una patrulla gritó España, y le contestaron con la misma voz: eran las vanguardias del cardenal infante, que marchaban sobre París.
Sí, pero perdimos. En 1640, por el esfuerzo excesivo, España se rompió. Fue el Corpus de sangre de Barcelona. Perdimos y, como consecuencia de esta derrota, se impuso a Europa la filosofía del inmanentismo radical, aquella que ve en el hombre un individuo; en la verdad, un estado de opinión, y en la existencia, sólo una consecuencia del pensar. A partir de entonces la forma de Estado que España practicaba y defendía fue socavada y combatida. Las Monarquías adquirieron la primera de las dos grandes enfermedades: se hicieron absolutistas, cosa que resulta paradójica en una Monarquía. Al reducirse el hombre a individuo, reconociéndose en él una libertad meramente cuantitativa, sin que se le ofrecieran objetivos que le trascendiesen, no le quedaban sino dos opciones y ambas económicas: producir dinero o tomar lo. Lo primero es meta del capitalismo. Lo segundo, del socialismo. Pero no nos engañemos porque capitalismo y socialismo no son sino sentidos opuestos dentro de una misma dirección. Ninguna de ambas cosas puede calmar las ansias de un espíritu español.
Durante casi dos siglos pareció que España estaba dispuesta a encerrarse en sí misma, como si hubiera perdido la energía inicial y la capacidad de lucha. Era la gran vencida. Tanto que aceptó con reyes extranjeros fórmulas extranjeras para sus instituciones. Es verdad que de cuando en cuando sorprendía con gestos como los de 1808 ó 1833, que eran, sin embargo, como zarpazos de una fiera herida, que desgarra a sus propios hijos porque se resiste a morir. Para las minorías de políticos dirigentes no parecía haber otra solución que copiar lo que de fuera nos decían. Copiando, estábamos irremisiblemente condenados a llegar tarde, perdiendo lentamente lo que aún quedaba de enorme patrimonio nacional.
Del fondo de los sentimientos españoles se alzaban voces de advertencia. Todavía en el siglo XVIII el Padre Isla o Feijoo advertían contra la manía pueril de las imitaciones: era España la que tenía que encontrarse a sí misma. No ha sido sino desde mediados del siglo XIX que ha llegado a construirse en España una línea coherente de pensamiento, línea que ahora se trata de enmascarar asignando a los hombres calificativos políticos de división. Me niego en redondo a someter nada de esto a las mezquinas divisiones cartesianas que impusiera un día la Asamblea Legislativa de la Revolución francesa: colgar sobre los hombres de genio etiquetas que no sirven para otra cosa sino para ser destruidas cuanto antes.
La línea empieza en Balmes, uno de los filósofos más clarividentes que ha producido Europa, muerto muy joven y en un país que no tenía la fuerza política suficiente para imponer el respeto a sus pensadores. Pues Balmes, que murió precisamente en 1848 y no pudo, por tanto, conocer el Manifiesto Comunista, explicó con clarividencia algo de lo que aguardaba a Europa en los próximos años cuando la corriente del nominalismo, aniquilaba a la libertad racional. Vino después Donoso Cortés para recordar de qué manera la libertad del hombre está indisolublemente ligada a su conciencia moral, y que si los españoles habían sido capaces de defender durante muchos siglos esa forma de libertad personal, ello se debía a su posesión de una profunda capa religiosa. Habría que saltar de unos nombres a otros, dejando fuera a la inmensa mayoría, por falta de espacio y de capacidad de quien os habla. Dramas como el de Ganivet, que no pudo soportar el espectáculo de su patria postrada. Voces como la de don Marcelino Menéndez y Pelayo, que descubrió -y anunció que la unidad de España responde a un eje central, hecho de carne, de sangre y de espíritu -sobre todo de espíritu, romano y cristiano-, recordando que si un día esto llegara a perder- se volveríamos al cantonalismo de los arévacos o de los vetones, o al de los reinos de tarifas. Pues en eso estamos: espero que, de un momento a otro, se ordene a todos los que habitamos en Madrid que empecemos a llamarnos carpetovetónicos.
Y en una generación más próxima a la nuestra estuvieron Unamuno, Ortega y Morente. Unamuno, que reclamaba la españolización de Europa, Ortega, que nos recordó siempre que España estaba en trance de vertebrar Y, sobre todo, García Morente, el filósofo que tuvo experiencia directa de un encuentro con Dios, y que descubrió que la Hispanidad, definida antes por Maeztu, es una intrahistoria, un modo de ser característico y un conjunto de valores. Todo esto, sobre lo que se tiende hoy un manto de silencio, es lo que nutre las corrientes de acción y de pensamiento en julio de 1936.
Desde el punto de vista político tendríamos que retroceder de nuevo, en el tiempo, hasta aquella Monarquía absolutista, que perdió su legitimidad en un motín callejero el 19 de marzo de 1808 y su propia estructura, otro 19 de marzo de 1812, cuando se le otorgó la primera Constitución constituyente. Por cierto que el pueblo español que, acaso, no sabe mucho de otras cosas, pero tiene un peculiar olfato para la pedantería, llamó a esta Constitución la Pepa, por el día del santo, y convirtió su vitoreo en un grito jocoso. A fuerza de no encontrarse a sí misma la Monarquía sucumbió. Y vino la primera República, con sus autonomías cantonales que permitieron a Cartagena declarar la guerra al Imperio alemán y a Sevilla reclamar acto de sumisión de los de Carmona, que éstos negaran... Y la Restauración asentada sobre un formalismo parlamentario que se apoyaba en los caciques. Y la segunda República, que muchos de nosotros vivimos. Y al final pareció que España se desintegraba definitivamente...
¿Recuerdan todavía aquella terrible mañana del 19 de julio? Cuando España era como fondo de calidoscopio, ruptura de la realidad en un cuadro abstracto. Bajaban los requetés de los montes a la plaza mayor de Pamplona. Hervían los falangistas en Valladolid. Ya era Madrid la presa de las brigadas del amanecer. Se repetían en nuestros buques de guerra las escenas del acorazado Potemkin, según la película de Eisenstein que, precisamente, se proyectaba en aquellos días. La violencia estallaba porque media España no quería morir a manos de la otra media ni someterse a la dictadura del marxismo. Pues bien, en medio de la locura, un hombre vestido de paisano por respeto al territorio extranjero que sobrevolaba, iba hacia Tetuán. Y. al llegar al aeropuerto un teniente coronel, el "rubito" Sáez de Buruaga, le recibió con el gesto normal que indica la tabla: "Sin novedad en Marruecos, mi general." Aquel hombre era Francisco Franco, que había tomado sobre sí la responsabilidad de rehacer la unidad de España. Y lo consiguió. Y sucedió entonces que con el mero hecho de la restauración de esta unidad, a partir de aquel día, los españoles comenzaron a ver que las cosas estaban siendo cada vez menos malas. Hasta que llegó la hora en que empezaron a ser mejores. Y España se situó en el sexto lugar de los países del mundo... España, unidad, es en si una fuerza tan poderosa, que es comprensible que sus enemigos busquen el modo de dividirla.
Hace días tuve una pesadilla y no resisto a la tentación de contarla. Habían proyectado en televisión ese viejo film de Frank Capra, "Qué bello es vivir", en que un hombre decide suicidarse porque llega a creer que su presencia en el mundo es contradictoria para los demás; hasta que un ángel le convence de lo contrario. Pues bien, en la profundidad de mi sueño me veía en una ciudad extraña, con calles retorcidas, como son los zocos de Damasco o de Jerusalén. Y un ángel me dijo: "No te extrañes. España no ha existido y la Medina de Magerit no es Madrid." "Pues mejor me valdría vivir ahora en América." Y dijo el ángel: "No te gustaría; no hay en ella vestigios españoles, ni catedrales, ni indios; los pocos que aún sobreviven están encerrados en parques naturales, como jardines zoológicos." "Pues entonces, vamos a Viena." Y replicó el ángel: "Viena es una pequeña ciudad de provincias; no olvides que no estuvo en Nordlingen el cardenal infante don Fernando, y sucumbió, y fue entregada a un príncipe luterano para su transformación. "Pero, entonces, ¿Beethoven?" "insistió, " refieres acaso al maestro de capilla del arzobispo de Colonia? Murió, como su padre, alcoholizado. Pero eso que tú estás pensando nunca tuvo lugar. No hubo para él ocasión de pasear por el Prater de Viena una mañana de mayo escuchando el canto de los pájaros. La Sinfonía Pastoral no existe..."
Entonces desperté. ¡Qué sueño tan ridículo!, me dije. Pero en el silencio de la noche estuve pensando despacio: ¿será posible que los españoles de hoy nos hayamos vuelto tan insensatos como para renunciar a todo esto, qué fuimos y qué somos, para retornar a la España tribal de los tiempos antiguos? Confieso que experimento profundo sufrimiento cuando contemplo los esfuerzos que hoy día se hacen para borrar los signos de la unidad española y del profundo secreto de la hispanidad. Que nadie se engañe a este respecto: todos nosotros, españoles, queramos o no, somos responsables ante Dios y ante la Historia de la herencia espiritual que hemos recibido. El primero de los principios del Movimiento no inventaba nada; sólo pretendía recordarnos que ser español, antes que un derecho, constituye un deber del que los votos de un Parlamento no pueden eximir. Y de los deberes morales se responde ante Dios, al final de la vida, seamos o no conscientes de ello..
Luis Suárez, www.arbil.org
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